Sonatina
Nunca he sabido de dónde, de dónde
vino esa luz ni cómo se apagó
Para danzar, el ritmo con el color se alía.
Para cantar, se funden, —línea del horizonte—
sangre fecunda, preñadas ondas, al denso o diáfano juego del prisma.
Para morir...
Nunca he sabido cómo esa luz se obnubiló.
De un día obscuro. De un caligíneo vórtice frío.
¿No oyes cantar las voces jubilosas?
¿No adviertes irrumpir las risas infantiles?
De un día obscuro. De una noche mentida.
¿No oyes cantar, Baruch, aludes de silencio,
turbonadas de quieta mudez?
En los rugosos cantiles
rompe el océano resacas de vencida.
En mis oídos sordos
quiebran sus alas morenas.
Danzarines frenéticos, mis deseos exultan,
sobre sí giran, en su propio redor se abaten.
De un instante copioso. De ínfimas horas rotas.
De un día obscuro. De un caligíneo vórtice ilusorio.
No oyes, Baruch, cantar el himno diáfano,
las cristalinas voces infantiles?
¿El irrumpir no adviertes —fresco— de la alegría?
De un día aciago. De una noche filante.
¿No oyes cantar, Baruch, aludes de silencio,
turbonadas de quieta mudez?
Y del silencio, en la Sima sombría
nace el Alba radiante.
Y en mis oídos —antenas—
mojan el ancla músicas remotas.
Danzarines frenéticos, mis deseos exultan,
sobre sí giran, en su propio redor se erigen.
Hacia un instante largo. Desde unas horas rotas.
De un día obscuro. Hacia otro vórtice ilusorio.
El sueño es grisoneta cinérea del crepúsculo
girando en torno al símbolo que el vate fabuló.
Para cantar, el ritmo con la pasión se funde.
Para danzar, el número con el valor se alía.
Danza y canción lo efímero con sus redes aduna.
Nunca he sabido de dónde, de dónde
vino esa luz que así se obnubiló.
19 ii 1934
En la voz del poeta